Había una vez, en un país muy lejano, un bosque donde vivían
felices muchos animalitos, entre ellos Matías, un conejito muy travieso
que se pasaba el día corriendo de aquí para allá, siempre con prisas y
sin prestar atención.
Por la mañana su madre siempre le despertaba con suficiente tiempo
para que Matías pudiera vestirse, desayunar, lavarse los dientes e ir al
colegio sin prisas. Pero Matías prefería dormir hasta última hora,
vestirse rápidamente, desayunar en dos mordiscos, no lavarse los dientes
e ir al cole a toda velocidad, dando empujones a todo aquél que se
encontrara por el camino.
Un día antes de llegar al cole, como siempre corriendo a toda velocidad, Matías no vio a Tomasa, una tortuga que iba a su clase y que, como cada día, llegaba sola a la escuela, tropezó con ella y cayó el suelo. Se levantó muy enfadado y le dijo:
- ¡Mira por donde vas! ¿No ves que no puedes ir tan despacio en medio el camino?
Y Tomasa, sorprendida le preguntó:
- ¿Qué mire yo por dónde voy? Eres tú quien siempre va corriendo sin
fijarte en nada. Además, me has hecho daño y ni siquiera me has pedido
disculpas.
- ¡Debes estar de broma! – le dijo Matías. -¿Pedirte yo disculpas a ti? Si he sido yo el que ha caído por tu culpa.
La profesora Carmeta, que vio todo lo que había sucedido, les pidió
que fueran a su despacho: -Matías – le dijo la profesora – veo que te
has apuntado a la carrera por parejas que ha organizado la escuela con
motivo del día del deporte, pero que te has apuntado solo. Y también he
visto que tú, Tomasa, no te has apuntado.
- Profesora – dijo Matías – yo no necesito a nadie para ganar la
carrera. Tener una pareja solo me quitaría tiempo si la tengo que ir
esperando. ¡Y debe estar de broma cuando le ha dicho a Tomasa que se
apunte a la carrera! ¡Las tortugas no pueden correr y solo entorpecen el
resto de participantes!
- Matías, estás muy equivocado – le dijo la profesora – y por eso quiero que los dos hagáis equipo en la carrera.
- ¿Qué yo haga equipo con quién? – Preguntó muy sobresaltado Matías -
¿Con Tomasa?? ¡De ninguna manera! Yo correré solo, no necesito a nadie
y menos a esta tortuga.
- Escucha, conejo presumido, yo tampoco quiero hacer equipo contigo – le dijo Tomasa muy enfadada.
- Matías, Tomasa, no hay nada a discutir: formaréis un equipo en la carrera del día del deporte.
- ¡Pero profesora!- Se quejaron los dos a la vez.
El día de la carrera llegó y Tomasa y Matías se habían puesto
enfermos muy “sospechosamente”. La profesora, que ya se lo imaginaba,
fue a casa de los dos a buscarlos: -Venga, no quiero excusas. Os
esperamos en la carrera.
La ardilla Roberto dio la salida desde su árbol y todos los
participantes salieron corriendo. Todos menos Matías y Tomasa, que hacía
lo que podía, pero que avanzaba muy lentamente.
- ¿Por qué me obligan a correr con esta tortuga? – Se quejó Matías.
- Mira Matías, esta situación tampoco me gusta a mí: me pones
nerviosa. Así que nos tendremos que aguantar los dos y mejor que no nos
quejemos.
- Y además, no tengo ni idea de donde estamos- dijo Matías. -No he pasado nunca por este camino y no sé si me perderé.
- ¿Pero qué dices? ¿Cómo que no has pasado nunca por este camino? –
le preguntó Tomasa. - Pero si es el camino que haces todos los días para
ir al colegio.
-¿Eh? – se sorprendió Matías. -¡Yo no he visto nunca este campo de flores ni este riachuelo tan bonito que tenemos al lado!
- ¡Por qué no te fijas! – exclamó Tomasa. -¡Vas siempre corriendo a todas partes y no te fijas nunca en nada!
-¡Ostras! Tampoco me había fijado en todos los árboles que hay ni el canto de los pajaritos. ¡Parece que nos saluden!
- Y tanto que nos saludan, – dijo Tomasa – pero me saludan a mí, que cada mañana charlamos un rato antes de ir al cole.
- No sabía yo la de cosas bonitas que me perdía yendo siempre
corriendo – dijo Matías mientras no dejaba de mirarlo todo a su
alrededor.
Y mientras seguían caminando, Tomasa no se fijó donde pisaba y quedó
atrapada en una pata con una trampa que había escondida entre unas
hierbas.
- ¡Socorro! – gritó Tomasa.- ¡Me he enganchado una pata con esta trampa y no me puedo desligar de ella!
- Tranquila Tomasa, yo te ayudaré – le dijo Matías. Con sus largos
dientes mordió la cuerda hasta que la rompió y Tomasa quedó libre.
- ¡Oh!, gracias Matías – le dijo Tomasa -, me has ayudado mucho. Si no fuera por ti, aun estaría ligada a esta trampa.
- Y si no fuera por ti, Tomasa, yo aun iría corriendo a todas partes y no me daría cuenta de todas las cosas que me pierdo.
Y hablando, hablando, Tomasa y Matías llegaron juntos a la meta. No
ganaron la copa, pero ganaron algo mucho más importante: la amistad.
Desde entonces Matías se despierta antes de que lo avise su madre, se
viste, desayuna poco a poco – masticando bien las zanahorias acabadas
de recoger que le lleva cada mañana su padre-, se limpia los dientes y,
de camino a la escuela, se para siempre un ratito a hablar con los
pajaritos, que ahora también son amigos suyos. Y Tomasa, por su parte,
ya no va sola siempre a todas partes. Sabe que cada mañana su amigo
Matías le espera para ir juntos al colegio.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
